MUSEO CRISTINA GARCÍA RODERO DE PUERTOLLANO

museo cristina garcia rodero
24Abril 2019
MUSEO CRISTINA GARCÍA RODERO DE PUERTOLLANO
Publirreportaje patrocinado por la EXCELENTÍSIMA DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CIUDAD REAL.
Un museo no es un almacén de cosas muertas, de recuerdos o antigüedades. Un museo tiene que estar vivo para formar parte de la vida de quienes lo visitan, lo contemplan, lo estudian o lo analizan. Un museo es una forma esencial en la que conservar, interpretar y disfrutar la propia historia de los pueblos, sus gentes y sus sueños. Un museo es un proyecto latente que conserva el secreto de la propia existencia de sus propietarios: los hombres y las mujeres del municipio en que se encuentran y del mundo entero al que tiene que estar abierto.

En Puertollano, las autoridades y numerosos activistas de la Cultura y el Arte se propusieron encontrar un espacio que acogiera tanto el patrimonio como el conocimiento de los que han hecho posible que la Ciudad Industrial conociera su pasado y construyera, de esa manera, su futuro.

El lugar elegido fue el antiguo Ayuntamiento de Puertollano, un edificio que no tuvo orígenes nobles ni suntuosos salones, pero que era la apuesta de un pueblo por dignificar las decisiones de sus vecinas y vecinos. Manos a la obra, la idea fue tomando forma. Con todo el mimo posible y el cuidado imprescindible, el viejo consistorio se transformó en un albergue digno para los avatares con que se había ido construyendo un pueblo en el que la Prehistoria, las edades remotas y las más recientes, han dejado su huella indeleble para conformarlo como es.

A base de más talento que dinero, los despachos y habitáculos se fueron transformando en una realidad que mereció el Premio Europa Nostra, que la Unión Europea ha concedido a monumentos como el Guggenheim de Bilbao, entre otros significativos emblemas de la conservación y la apuesta por la modernidad.

Una ampliación atrevida y metálica, contribuyó a aumentar las zonas expositivas, sin descuidar, como de costumbre, el debate o la crítica. Pero siguió obteniendo galardones y convirtiéndose en algo necesario para entender lo que es Puertollano y toda su comarca. Con el tiempo, se pagó una deuda de honor con una de las mejores fotógrafas del mundo, a la sazón nacida en la Ciudad Minera, de cuyos castilletes hizo sus primeras apuestas artísticas. Cristina García Rodero es esencial para entender esa manifestación artística instantánea, que no se esconde del tiempo para poder establecer sus compromisos.

García Rodero de las pocas personas seleccionadaspor la que es, quizá, la feria de arte más importante del mundo: la Biennale di Venezia. Acudir a “La Serenissima” como invitado es el sueño de muchos pintores, escultores, arquitectos, instaladores y, por supuesto, fotógrafos que se consideran y “venden” a sí mismos como consagrados.

 Evidentemente, la categoría es mucho más angosta para quienes pretenden llegar a la plaza de San Marcos una segunda vez. Sin embargo, una puertollanense, Cristina García Rodero, repite antológica en la laguna del Véneto.    Y lo hace con la falta de notoriedad con que actúa siempre. Sin darle importancia, sin levantar la voz.

 Para que una entrevista con la fotógrafa española de mayor prestigio internacional se escuche, hay que aumentar el volumen notablemente. Porque la voz baja es la que entiende Cristina como la mejor para que se comprenda a la gente y ella sabe lo que es enseñar y aprender.

Profesora titular de Fotografía en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, asegura que “siempre se aprende de los jóvenes. La docencia es un privilegio, porque te puedes enterar de muchas cosas, puedes encontrar puntos de vista diferentes, entender mejor lo que te rodea y lo que tú misma has hecho”.

Poner su nombre a un museo, albergar una exposición permanente y otra que viaja por el planeta tierra, son pagos necesarios que no nos cuestan ningún euro y por los que la Diputación de Ciudad Real y el Ayuntamiento de Puertollano apuesta con ansias de asegurar que nuestra vida sea siempre mejor. Como mandan las claves de un museo vivo en el que establecer las oficinas de la posteridad.
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