Hablar bien

museo cristina garcia rodero
08Noviembre 2019
Hablar bien
Desde que tengo uso de razón, mis antepasados directos (a los que conocí) me enseñaron a hablar bien. Muchos y muchas de aquellos y aquellas no sabían ni leer, pero hablaban estupendamente. Mi tía Dolores y mi tío Benjamín se entristecían cuando, a partir de la adolescencia, aprendí a utilizar las palabras como puñales. No recuerdo ni una vez en que mi madre me autorizase a jurar o blasfemar sin darme una reprimenda o un buen cachete. Se lo agradeceré siempre.
En mi contra tengo la herencia de mi padre y de su madre, que tenían la lengua como un incendio y los palabros brotaban siempre como una condena. Por desgracia, en mi vida personal, son de quienes más he aprendido a imprecar como una explosión de ira. Sin embargo, ante los micrófonos, la máquina de escribir o la computadora, me he refrenado constantemente. Debe ser que las buenas costumbres sobreviven incluso a los impulsos más primarios.

Ni en mis programas de radio, de televisión o de “streaming”, como en artículos, entrevistas o comentarios, he dejado que me lleven los demonios, incluso utilizando fórmulas históricas o literarias para condenar todo aquello a lo que soy contrario. No he metido jamás los dedos en los ojos de invitadas o convidados ante un altavoz o una página de prensa o una pantalla de ordenador. Por más que tenga claro lo que soy desde poco más allá de los quince años, siempre he preferido la cálida amistad o  el respeto por la gente que quiero, que unas siglas o un carnet de identidad, simpatía o ideología. No reniego del corazón aunque mi cabeza se obstine en otra cosa.

En mi España querida, dividida por la fuerza de la obstinación, las costumbres o el fútbol, siempre parecemos obligados a contender con el hermano o el vecino (permítaseme el genérico en el que incluyo a varones y féminas) para demostrar quiénes somos en cualquier instante. Pero lo cierto es que el cariño, la compasión y la tolerancia (la comprensión no es estrictamente necesaria) nos permiten vivir y amar al prójimo tanto o más que a nosotros mismos. Excusas hemos encontrado siempre para lo contrario, pero no son reales o – al menos – no tan importantes.

Si analizamos nuestra historia como Estado, basta con una leva de militares en una de tantas guerras como hemos combatido por fuerza de la ley o del rey, para que las naciones que componen el puzle de las Españas se enfrentasen con saña cruel entre ellas mismas. En los últimos tres siglos, la sucesión de la Casa Real provocó que cada cual buscase su conveniencia y que la batalla estuviese dispuesta. Los austracistas de la Corona de Aragón (Principado de Cataluña, Reino Aragonés y Reino de Valencia) quisieron enfrentarse a los borbónicos (Corona de Castilla y León y sus territorios propios) para defender derechos que se perdieron mayormente por el resultado de tal guerra. Los perdedores tuvieron que verse desprovistos de fueros y leyes propias. Cuando Fernando VII promulgó su “Pragmática Sanción”, fueron los navarros y los vascos los que esgrimieron la “txapela” carlista para preservar unas constituciones que les eran propias desde tiempo inmemorial. En los años treinta, la peor Guerra Civil que hayan visto los territorios de Iberia, también sirvieron para enfrentar a ricos y pobres, a cristianos y a ateos, a monárquicos y republicanos, hasta el punto en que los surcos de la tierra se llenaron de sangre fraterna y odio inmemorial.

Volvíamos a escuchar los gritos feroces de íberos y celtas, de fenicios y griegos, de romanos y cartagineses, como si no fuésemos nosotros, habitantes del pueblo pobre y llano, del que no tenía nombre, quienes perdiésemos la vida, la miserable hacienda, a favor de unos amos a quienes no les importaba lo más mínimo el nombre de los soldados, sus viudas y sus hijos, que abandonaban lo poco que tenían para no obtener nada.

Por eso me alegro de que la familia del general Franco tenga los restos de su antepasado en un sitio cercano y entrañable, mientras algunos de los míos siguen buscando abuelos, tíos y parientes para los que no hay presupuesto siquiera, imaginando las cunetas y las fosas comunes, de enclave siniestro y secreto, que pueden ocupar sus huesos y las balas que acabaron con sus vidas.

Por eso agradezco a los diveles que no se haya enviado la legión o el ejército a Cataluña para sofocar disturbios callejeros, similares a la Kale Borroca Vascongada de hace menos de veinte años, aunque nos indigne la forma de tapar vergüenzas con intifadas nacionalistas e independentistas que no deberían engañar a nadie. Porque hablar bien nos quita la ansiedad del rencor y las ganas de venganza. Porque nos permite abrazarnos y besarnos para esperar que mañana será otro día y veremos todos y todas los espárragos.

Por eso estoy contento de ir a votar este domingo, celebrando de nuevo la fiesta de una democracia que, por más fallos que tenga, es mejor que cualquier otra cosa que se haya inventado en el mundo para la convivencia de los seres humanos.
Imagen: Wikipedia
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