Empezamos por aquí, porque las artes son femeninas, a pesar de que haya quienes desean abolir el género y su lucha por la igualdad. Debería ser, pues, “La Séptima Arte”, por más que el castellano sienta horror a articular un artículo de hembra con otra palabra que empieza con “a”. Así, está bien dicho “el águila”, pero si lleva un adjetivo o epíteto delante, habrá que decir “la hermosa agua”. El agua se convierte en “las aguas” al alcanzar un plural, a pesar incluso de lo etéreo de la feminización. El arte se transforma en “las artes”, y la tercera, cuarta, quinta, sexta o séptima habrá de ser “la nominada arte que digamos”.
El cine de Pedro Almodóvar, casi siempre femenino plural, ya había dado muestras de mucho vigor, de mucha osadía y de mucho afán de provocar, cuando produjo, en 1983, Entre Tinieblas. El tema, un convento de monjas, “Redentoras Humilladas”, que malvive por ofrecer la salvación a drogadictas, prostitutas y mujeres perdidas, algunas de cuyas hermanas son ex delincuentes, y viven al margen de los designios de la Casa Central de la Orden, en Albacete, no eran premisas, precisamente, para tranquilizar las conciencias bienpensantes de una sociedad apenas sorprendida por el triunfo socialista en las últimas elecciones generales.
Si ya se habían escandalizado quienes vieron Folle, folle fólleme tin (un reducido grupo que visionó el súper 8), “Pepi, Luci, Bon y otras chicas del montón”, y tampoco se tranquilizaron con Laberinto de Pasiones, ver a la madre superiora drogándose para sentir lo que sus protegidas, no ayudaba demasiado.
En una Europa que quería ser atrevida, con un Festival de Venecia que había seleccionado la cinta almodovariana, y una Iglesia Católica que vetó su presencia, Pedro distaba mucho de poder optar al Óscar de Hollywood por sus trabajos de entonces. Sin embargo, la película tiene mucho más de catecismo que de otra cosa. Almodóvar siempre ha confesado que siente un gran desprecio por quienes se aprovechan de los hábitos para abusar de los más débiles, pero también ha reconocido los méritos de quienes se dedican a servir a los demás con humildad desde sus creencias. Él mismo es creyente, con la fe de sus padres, en los elementos básicos de la mitología cristiana.
Pedro Almodóvar Caballero ha resistido los embates de los que alaban la concupiscencia y el plagio de los Tarantinos, los Scorsese o los chinos que hipnotizan al público de insustancial belleza. Casi no le dieron un Goya hasta que Hollywood le concedió dos Óscars, varios Globos de Oro, decenas de nominaciones y premios alternativos. Pero eso no es óbice, vicisitud ni avatar para que quienes aprecian la maestría, le hayan ido erigiendo altares, aunque fuese después de varios años de visionar sus obras.
Julieta Serrano, que vuelve a este ejercicio cinematográfico, ya no tiene que confeccionar una dosis de cocaína sobre la Biblia, con una estampita. Precisamente esta gran actriz volvió a nombrar, no sabemos si conscientemente, el título de su anterior entrega. “Julieta” es probablemente la obra más redonda del autor manchego y mundial.
Porque Dolor y Gloria nos devuelve una estética fílmica, fotográfica y cinematográfica, mucho más fina. Se cuida la imagen, se tiene en cuenta el raccord, la iluminación y el montaje como elementos básicos del lenguaje utilizado por Almodóvar. Es una producción cuidada, con la presencia de sus actores y actrices fetiches. Está Antonio Banderas, protagonista desde siempre, con Penélope Cruz, a la que hizo internacional a través de su belleza y la poesía cinematográfica a la que sirve con reverencia.
Ardo en deseos de disfrutar la película, el filme de un artista que es superior casi en todas las naciones del mundo menos España. Por lo visto vamos a ver un retrato de época a través de varias actualizaciones. Por lo que me cuentan, hay cine dentro del cine, flash backs de los que tanto les han gustado a los hijos de la patria, en los que (como en “Amanece que no es poco”) somos capaces de devolver a la nada a cuantos americanos van a ser líderes del mundo. Aparecen historias de nuestra propia vida, de las que nos han contado nuestras madres a las que, estoy seguro, les habría gustado ser hombres para poder bañarse en cueros en las tablas estivales de los ríos calatravos y alcudianos, como de los catalanes y mallorquines, como de los andaluces y extremeños que pueden acabar convertidos en pantanos y sepultar los recuerdos de un mantel de hule con el mapa de la península Ibérica.
Lo demás es la dirección, la luz, la fotografía y la actuación de tanto profesional sediento de buena sombra en la industria hispana. Los actores no bastan para Pedro Almodóvar. Para eso ya están las actrices.