El Dámaso Alonso

Coronavirus

21Mayo 2020
El Dámaso Alonso
Dedicado a Álvaro Sánchez Jiménez, maestro y amigo.
Dedico este recuerdo a múltiples maestras, maestros, compañeros y compañeras que me acompañan a través de los siglos (transcurren al menos dos) para hacer menos endeble la memoria de todo lo que pudo ocurrir, seguramente sucedió y podría pasar para las generaciones actuales y futuras que se enfrentan cotidianamente a la enseñanza secundaria. Mi respeto, mi cariño y mi intuición están con ustedes.

Puertollano era en aquellos entonces apenas una población de extintas explotaciones mineras y exiguas promesas de supervivencia. Como no aprobé las matemáticas en junio, en contra de los deseos de familia y vecinos, no pude optar al “Fray Andrés”, ya saturado por una población de estudiantes que sobrepasaba la capacidad de las aulas. Los que íbamos al “Instituto Nuevo”, éramos como los parias de la tierra, una legión famélica que parecía haber sucumbido a la hecatombe del subdesarrollo. Ni los “Planes de Fraga” ni la visita del insigne poeta, que donó una biblioteca enorme para quienes le habían dedicado el nombre de la Escuela Secundaria, nos hacían olvidar a los “fracasados” que los “alfas” se habían encargado de desterrarnos de sus aulas exquisitas.

La repesca de septiembre y casi dos kilómetros de distancia marcaban la diferencia. Chicos y chicas de la extracción más obrera y lejana a la excelencia, emprendimos con paso inseguro la ruta hacia los extrarradios del enclave minero y metalúrgico que nos había dejado claro quiénes éramos. No olvidaré jamás la sensación de ser los “segundones” que nos embargaba al trazar el camino hasta los aledaños del hospital nuevo.

“Santa Bárbara” bendita estaba escrita en el cielo de un futuro que atravesaba los últimos reductos del franquismo y nos dejaba caer en medio de una muchedumbre de muchachas y muchachos que no sabían bien ni dónde estaban las nuevas clases ni a qué patrones de la arquitectura respondían los grises de hormigón y las aberraciones de quienes habían tenido que acabar cuanto antes una obra imprescindible con la que descongestionar el centro del pueblo.

Porque era así como llamábamos a volver al Paseo de San Gregorio, preguntando a los novios mayores y con carné de conducir que iban a buscar a las niñas salvajes que habitaban en aquella mole atrevida. Lo mismo les decíamos a los profesores y las profesoras que en los primeros años de una democracia insegura nos llevaron cientos de veces hasta la frondosa vegetación del ejido. -¿Vas al pueblo?- inquiríamos. Si nos decían que sí, éramos para siempre polizones de barcos diminutos que describían cualquier modernidad posible en ruta hacia la
Fuente Agria.

Poco después del alba sería cuando, después de hacer la matrícula obligatoria en un Centro de Estudios que nadie conocía, emprendí el trayecto hasta las estribaciones de la villa. Corría el año 1979 y hacía menos de quince meses desde que se había abierto a estudiantes y público. El Instituto Dámaso Alonso era una construcción con un gimnasio interno lleno de escaletas de espaldillas, varias pistas polivalentes para el futbito y el baloncesto, amén de otras disciplinas deportivas que yo no conocía, y unos alrededores campestres en los que había una fuente que apenas llegó a funcionar y a la que llamábamos “La Charca”, así como un montículo de escombros sobrantes llenos de pastizales muertos por el otoño en el que empieza siempre un curso.

Entre viejos y nuevos compañeros, conocí los últimos estertores de la segregación por sexos. Había clases femeninas, masculinas y mixtas, que se repartían un poco a la “buena de Dios”. Dos cursos más arriba intimé con los “mayores”, que me resultaban menos incómodos que los coetáneos. Comenzaba una adolescencia implacable en la que perseguí la angustia de mis padres, familiares y amigos, sin que fuese consciente de las hormonas ajenas y propias, de la infertilidad de mis propósitos y de una rebeldía que solo es comprensible después de cuatro décadas.

Pero también me enfrenté a demonios propios y ajenos a través de la lírica, el teatro y la prensa. Isabel Castañeda me animaba a escribir. Olga Ramírez de Arellano me enseñaba a los clásicos, la ópera y la zarzuela dejándome prendado para siempre. Pilar Blázquez y Paco Barrios me obligaban a estudiar en contra de mis mismos deseos y un tropel de jóvenes artistas ascendía conmigo en Universos maravillosos.

Entre los avatares del sexo incandescente y los amores platónicos dignos de cualquier bachiller, hice amigas y amigos que durarán para siempre, aunque no nos hayamos vuelto a ver en mil siglos. Conocí a profesores que se hicieron padrazos y madrazas, como Álvaro Sánchez, Ángela Martín, Pilar Mata, que me daba francés siendo de inglés y Eduardo Mugas, que me enseñó a escapar de la música clásica para alcanzar vanguardias ininteligibles pero muy poderosas. Luis Barrios, Ángeles Lozano, Mari Carmen López, Félix Carrascosa, Paula Fernández y otros muchos que merecerían que pronunciase sus nombres con agradecida devoción fueron los más amables de los maestros y maestras que han hecho de mí lo mejor que conservo y que no son culpables de las cosas peores.

Al hacer el recuento de todo lo que me han dado mujeres y hombres tan irreemplazables, miro ahora a mi “hermana excelente” María Luisa Gallardo García-Saavedra, a su marido Enrique López Buil y a María de Gracia Santos Cabañero, que siguen siendo imprescindibles para saber quién soy.

Entre las amapolas que siguen rodeando al Dámaso Alonso, me encuentro con varios versos que describen la formación de mi persona y la de mucha otra gente que es parte de mi vida. Aunque no haya relaciones personales con tantos grandes nombres y apellidos, aunque el paso de los días y las vueltas terrestres nos hayan dejado más lejos de lo que podríamos querer,  aunque los vericuetos del cerebro no me permitan nombrar a quienes lo merecen, soy lo que soy.

Mil veces arrepentido pero muy orgulloso, el Instituto Nuevo, ya hecho veterano por los nuevos enclaves de una ciudad amada, es lugar y fundamento de un currículo, el mío, que escribo con toda la fe y la gratitud de mi vida, del precario talento que pueda poseer y de la esperanza en lo que todavía debe llegar.
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